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22 de junio de 2021

Corazón partido

Son días horribles. Díficiles, duros, eternos. A las horrendas maquinaciones de la posmodernidad, hay que sumarle la pestiferación maldita que nos azota sin tregua y que cada vez que parece amainar es sólo para volver con mayor ferocidad. La rutina, aunque es de las pocas cosas que nos mantienen en eje, es igualmente feroz y desgastante. Todos los días debo luchar contra la abulia y la apatía, dos de mis grandes enemigas. Todos los días debo repetirme como un mantra que habrá salida, que hay futuro, que todo va a estar bien. Pero qué va a estar bien. Un carajo está bien. Y por si todo eso fuera poco, las ausencias que se vuelven carne y retornan con sus cantos imposibles en sueños o en recuerdos, sólo para dejarnos más solos y más lacerados. Y así siguiendo. Y, sobre llovido, mojado: se siguen yendo los maestros. El domingo, el corazón de Juan Forn dijo basta. Ayer, todavía golpeados y machacados por esa infausta noticia, nos enteramos de que la poeta Laura Yasán, una de mis maestras, decidió, al parecer, irse. Su corazón, como se desprende de alguna del poema que copio a continuación, también dijo basta. Podría enumerar todos los talleres que hice con ella, hablar de sus certerísimas devoluciones y del premio que fue ser finalista en un concurso de poesía sólo porque ella estaba en el jurado, pero no tiene la menor importancia. Es hora de leerla. Ahora no queda más que leerla. Podemos dejar las anécdotas personales y las explicaciones y los análisis poéticos para otro momento.
Agradezco a Sergio Felipe Mattano la imagen que ilustra este posteo.



QUÍMICA ORGÁNICA

todo el tiempo que tarda el corazón en olvidar la música
y acostumbrarse al ruido de hojas muertas
que desprende el recuerdo cuando avanza

todo el tiempo que tarda en separar
hebras impuras del oxígeno
latido de temblor
señales en la falla

todo el tiempo que tarda en reaccionar su ángel sometido
la boca azul contra la noche
ese torrente oscuro que va en la cicatriz
como un pez por el cauce del misterio

todo el tiempo que tarda en corromper
la ruta del carbono
y arder bajo la nuca el tronco de su árbol

se rasga en las mejillas una alfombra de seda
la lengua flota en una ciénaga
y es un beso de sal sobre la llaga
todo el tiempo que tarda el corazón
en dejarte partir

La llave Marilyn, 2008. 

31 de mayo de 2021

Le dices que no insista, que he salido...

Entre mi cumpleaños número 47, las nuevas restricciones y la mar en coche, sin quererlo, me tomé unos días y desaparecí de estas costas... pero sólo porque estaba en otras, disfrutando a rabiar el seminario sobre la literatura argentina y su relación con el mar, de Juan Bautista Duizeide, y leyendo a la vez su antología de literatura marinera Abordajes literarios, publicada el año pasado por Adriana Hidalgo. Sabrán comprender.
Casi traigo unos fragmentos de Juventud, de Conrad, ya que estábamos, pero he preferido, en cambio, volver a un primer amor. El 29 de mayo, justamente, se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de Alfonsina Storni, una de mis máximas poetas preferidas en todo el orbe poético universal. La leí muy temprano y quizás por eso ocupa ese sitial indiscutido, pero al pasar los años no he perdido ni un ápice de aquel entusiasmo y, muy al contrario, la admiro cada vez más, no sólo por su vida de loba solitaria, que le requirió absoluta y verdadera valentía, sino por su maestría poética, que fue reinventándose en cada libro, hasta llegar al pináculo en Mascarilla y trébol, una obra, me atrevo a decir, no suficientemente estudiada por la academia (acaso eso sea una bendición). Pero más todavía por ese poema final que me precipita a las lágrimas cada vez que lo leo, sin que lo pueda evitar y por el que alguna vez fui invitada a un programa de Radio Universidad, conducido por Marcos Clavellino (autor de la foto que ilustra este posteo), para farfullar algunas bobalicadas sobre él, bobalicadas a las que espero darles mejor forma ahora. Quien lo desee, puede escucharlas aquí. 

Foto: Marcos Clavellino


El poema, es, claro, este: 

VOY A DORMIR

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas, bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias... Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.

Poema póstumo, publicado en el diario La Nación, 25 de octubre de 1938.

Se sabe: la decisión ya estaba tomada. La enfermedad había sido implacable y la ciencia humana ya nada podía hacer con ella, excepto alguna carnicería de las que se estilaban en la época. Alfonsina acude al mar, al infinito mar que todo lo comprende para acabar con tanto dolor; escribe su último poema, piensa seguramente en su hijo Alejandro y procede a cumplir su magna e irreparable determinación. Sola, enferma y dolorida nada tiene sentido ya, ¿qué otra cosa hacer que parar de una vez con el sufrimiento? 
Sin embargo, su poema final, su testamento (aunque toda la poesía es testamentaria, como dijo alguna vez Jorge Monteleone), no es, en apariencia, triste, ni da cuenta de su gravosa circunstancia personal. Por el contrario, el poema hasta rebosa ingenuidad, tiene ternura y apenas uno que otro toque fúnebre, muy velado. Me interesa dar cuenta de esos matices, que son los que hacen que me emocione tanto, al menos a mí. Pero tiendo a sospechar que a muchos otros también, pues cada vez que lo leía en mis talleres, un hilo de emoción corría incluso entre mis alumnos más duros y «negados» a la poesía. Creo que es justamente esa mezcla inefable de ingenuidad y temblor la que produce esa conmoción. 
El título le anuncia a una precisa destinaria («nodriza mía», suerte de madre sustituta, íntima amiga o dama de compañía) una acción que la poeta aún no ha llevado a cabo pero que sin duda la hará, como lo reafirma ese «voy a» y no un hipotético «iré a», por ejemplo. Como se dijo, la decisión estaba tomada y, claramente, el contexto nos autoriza a equiparar dormir y morir («perchance to dream», acotaría el Bardo). La primera estrofa ambienta la escena en que se desarrollará ese dormir-morir: los elementos de la naturaleza (flores, rocío, tierra, musgo) oficiarán de ajuar nocturno-mortuorio, pero nótese que los toques fúnebres son apenas perceptibles, como en «sábanas terrosas» o «musgos escardados». La segunda estrofa continúa ambientando y delimitando la escena, que ahora puede decirse que tendrá lugar en la infinitud del universo, en otro toque ligeramente fúnebre, que sin embargo nunca se despeña hacia la referencia cabal ni directa. Las constelaciones como lámparas votivas y el poder de la nodriza para «bajarla un poquito» dan uno de los primeros toques de ternura en medio de la negrura que evocan varios de los elementos citados (la tierra, el musgo, la noche implícita en el rocío). En la tercera estrofa, cambia rápidamente la situación: la poeta le pide ahora a su nodriza que la deje sola y casi como si fuera una canción de cuna menciona al «pie celeste» y al pájaro que canta («te traza unos compases») como si fuera la nodriza quien, en efecto, fuera a dormir, pero rápidamente se aclara la situación con la tremenda estrofa final: el pie celeste y el pájaro que traza compases son, en efecto, para que la nodriza no se olvide de ella, o mejor dicho, para que pueda sobreponerse al dolor de la pérdida (ella ya está del otro lado de ese dolor, ya ha tomado la determinación, ya sabe que no hay remedio) y viene entonces el encargo, el pedido que es la más absoluta y cabal muestra de la ingenuidad de la que hablaba antes y la que a mí siempre, pero siempre siempre siempre me parte al medio, me rompe sin piedad el alma y el corazón porque todos sabemos que él nunca va a llamar, que él ha dejado de llamar hace mucho, que no, que no insistirá, que ya hace años que no insiste y ese es, acaso, el mayor dolor de la poeta que, en su amor invencible, en su amorosa y porfiada ceguera, en ese último gesto de coquetería y seducción de hacerse negar, sigue creyendo que él la llamará, que él vendrá y que todo tendrá el merecido final feliz que todos deseamos. 
Me desarma, lo dicho. Seguramente, porque espero lo mismo y no lo dejaré de esperar jamás. ¿Cómo podría, además, vivir una poeta sin ilusión, por absurda e imposible que esta sea?

12 de mayo de 2021

Como un río que corre

Hoy no sabía bien para dónde rumbear aquí, cuando los recuerdos de Facebook sacaron de su caldero mágico esta nota que reproduzco, ya que gracias a Markitos Zucker, ya no se pueden hacer más notas en FB. Nunca comprenderé esas decisiones tan desacertadas. 

12 de mayo de 2016

Esos impensados dibujos de la literatura que tanto me gustan...
Resulta que como bibliotecaria y archivista del alma que soy, atesoro en mi compu artículos y reseñas críticas que he ido encontrando en la web sobre literatura argentina (entre otras muchas materias similares) a lo largo de los años y cada tanto me pongo a ordenarlos, lo que significa pasarlos a Word, nombrar los archivos comenzando por el apellido del autor, registrar los datos en una planillita y así (aclaré que soy bibliotecaria de alma, bien, sigamos). En eso me encontraba hoy a la tarde, cuando en una de esas notas guardadas quién sabe cuándo se mencionaba un poema de H. A. Murena, un escritor argentino que amo, sobre José Hernández, autor de nuestro insigne poema nacional, que justamente hoy terminé de dar en el taller... La nota sólo mencionaba el poema de Murena pero ni siquiera daba el título. Tiré algunos datos en Google pero no apareció nada. Recordé entonces que tengo el tomo Visiones de Babel, que recopila buena parte de la obra de Murena (compilado por G. Piro) y allí estaba este bellísimo poema, que comparto con todos los circunstantes:


RETRATO DEL POETA

Imagínenselo:
tenía más de un metro ochenta de estatura,
cuerpo de león,
pero en el medio del pecho
un signo trémulo y fatal
como el amor o el fuego.

Nació en Perdriel, en San Isidro,
bajo la leche infinita de la noche austral.
Atónita se detendría su alma
ante la llanura perfumada e inmensa,
los ríos frutales,
el tierno silencio del mundo.

Y de improviso los oiría romperse
bajo el galope mortal de la anarquía,
de la ardiente tierra
que le habían destinado: imagínenselo.

Comprendan, se educó en los campos,
en jóvenes ciudades, vería
las libres caballadas del alba
surgiendo de lagunas brumosas,
cubiertas del misterio
con que empieza la vida, habrá tocado
criaturas humilladas, pobres,
caídas, todo el dolor argentino
en su abierta llaga,
mientras en su centro puro
la poesía se alzaba
soñando las voces nuevas
para una belleza de rostro arrasado.

Peleó en Pavón, en la guerrilla litoral,
en Sauce, en Cepeda,
y en las noches absolutas del vivac
alumbraría el reino de hermanos
que un día, con el poder de quien entra
a casa de su enemigo
con una flor en la mano,
irrumpirá,
dispersará eternamente la tristeza,
el mal, la pena: comprendan.

Piensen que aún no se detuvo: dirigió
El Argentino, El Río de la Plata fundó
lo eligieron diputado, lo llamaron
senador y como un río que corre,
como el trigo que nace,
como un mar que golpea,
estuvo siempre de parte de los vencidos,
fue para ellos el ojo celeste,
el pan y el vino: piensen.

Pero imaginen sobre todo su boca,
moldeada para decir lo terrible,
su boca en la hora en que
bruscamente
el poema empezó a brotarle
igual que a un árbol las incesantes
hojas, pájaros, milagros, el peso
de la tierra ascendiendo así
hacia la luminosa cúpula del cielo.

Esa hora en que el amor
borraba sus rasgos, su íntima historia,
su cruz y su corona, su nombre mismo,
el José Hernández, esa hora de su nacimiento
y de su muerte, ese instante
en que no era nadie y era todos
en el canto: imagínenselo.

Imagínenselo ahora,
mercaderes, capitanes, políticos,
hombres eminentes y hombres oscuros,
almas enfermas de un tiempo
que perdió el futuro, imaginémoslo.

Su corazón late todavía
en el viento vivo de las tardes claras,
toquémoslo con el sentimiento y la mente:
será como si nos purificáramos.

H. A. Murena
El círculo de los paraísos, 1958.

11 de mayo de 2021

Fijar lo que huye

El propio CdP me vino a recordar que, de aquella biblioteca que mencioné en el posteo anterior, en realidad sí conservo un libro, aunque no logro recordar por qué medios me hice de él, si fueron lícitos o no, si quien tenía la biblioteca en custodia decidió regalármelo, si yo lo escondí adrede o si simplemente el libro quedó por algún lado y cuando me di cuenta ya era tarde para devolvérselo tanto a su custodio como a su dueño. El caso es que conservo un ejemplar de Memoria plural, un libro de entrevistas a escritores latinoamericanos, entre los que hay varios poetas (acaso por eso el libro hasta pudo haber decidido por sí mismo quedarse en mi hogar, alucino). Sea entonces esta la perfecta ocasión para compartir algunas reflexiones del gran y maravilloso poeta argentino Enrique Molina, de quien compartiré poemas más adelante.
Escuchemos ahora qué tiene para decir Molina sobre la poesía y la praxis poética:

¿En qué consiste esa inagotable actitud del espíritu, presente ya en lo más remoto de toda cultura? Para mí no es otra cosa que una empresa de descubrimiento esencial, es decir, una perpetua partida hacia un mundo desconocido o, mejor dicho, hacia lo desconocido del mundo que es, en suma, esa extraña realidad en la que estamos insertos, eso ajeno a nosotros mismos y que alcanzamos a través de los sentidos, lo que se ve y se toca y se huele y se oye y se saborea en cada latido, esos continentes siempre inéditos, siempre misteriosos, sobrenaturalmente adorables, que nos salen al encuentro para llenarnos de maravilla y de terror, como una interrogación sin fin de los seres y las cosas, prolongada de eco en eco, misterios repetidos y cotidianos, con la forma de una mosca o de un árbol, de la lluvia o la piedra, del pájaro o el sol. Concebida la poesía como un medio de conocimiento, que dilata, en cierto modo, los límites de la comunicación, del lenguaje para darnos un sentido de la existencia —el nuestro—, la obra del poeta, en su conjunto, establece un orden inédito del mundo. Un orden que nace de los valores, de las relaciones que se establecen entre su espíritu y las cosas, de lo que elige, de una manera u otra, como elementos capitales de su destino, mientras avanza a través de la vertiginosa y caótica diversidad del mundo.

En la obra de todo poeta —me atrevo a decir— el mundo reviste una coloración particular, inédita, surge de nuevo como el primer día de la creación. Así, cada poeta establece su reino propio, regido desde el fondo de su sangre por todos sus poderes conscientes e inconscientes. El poeta trabaja con pájaros, con astros, con la muerte y la memoria, con la pasión y la tierra, con todos los sentidos y todas las visiones. Es, entonces, fabulosamente rico. Pero su lucha, más que de conquista, es de limitación. Debe defenderse de esa riqueza que lo desborda en todas direcciones y que de no hacerlo acabaría por disolverlo en su avalancha. Tiene que escoger sus propios signos, sus propios colores, un punto de mira único, que lo distinga de todos y a su vez le permita contemplar las cosas desde su particular perspectiva. Se trata, así, de dar expresión a su experiencia humana, a su intuición de la existencia. En efecto, el hombre intenta penetrar en el misterio de la existencia y el mundo de dos maneras: por el intelecto, a través de la conciencia y la filosofía, y por la intuición poética, que se halla en la génesis de toda obra de arte. Por eso la creación del poeta, nacida de lo profundo de su experiencia vital, es siempre una cosmo-visión, una respuesta propia al infinito enigma de las cosas.

Así, la mayor ambición de mi aventura poética ha sido la de recrear, en la magia verbal, la sensación, la ardiente e instantánea categoría de lo sensorial. Palabras que no describan el calor, el reverbero de una piel, el olor de la noche, sino que en lo profundo del espíritu vuelvan a producir tales sensaciones, revivan nuevamente el latido que las registró. 

Tratat de fijar lo que huye configura mi poesía.

Memoria plural, 1986.

7 de mayo de 2021

¿Por qué algunos se empeñan en leer o escribir poesía?

Cierro la semana con estas reflexiones de Gianni Sicardi (¿qué, nunca lo leyeron? Les creo, es otro de nuestros secretos poéticos mejor guardados) que me robé del muro de don Eduardo Espósito hace unos días:
La poesía es inútil para vivir. De hecho casi toda la gente vive sin poesía. Y no la echa de menos. Porque la poesía no tiene que ver con lo útil, con el tener, con la personalidad, sino solo con el ser. Sin embargo, todos tenemos derecho a habitar nuestro ser esencial. ¿Por qué leemos poesía? ¿Por qué escribimos poesía? ¿Para qué? ¿Para entrar en nosotros mismos? ¿Para conocernos? ¿Para reconocernos? ¿Por qué algunos se empeñan en leer o escribir poesía? ¿Por qué algunos, aunque sean pocos, se empeñan en hacer un trabajo inútil, gratuito? Tan gratuito que no puede ser considerado un trabajo. Leemos y escribimos poesía para entrar en nuestro ser. Para hablarle. Para que nos hable. Para que nos cuente sus secretos.

5 de mayo de 2021

Se fue sin pagar

Me entero, por los avatares de Facebook, que hace unos días, más precisamente el 3 de mayo, falleció el poeta Eduardo Mazo. Seguramente no les suena, es probable que no lo conozcan ni lo hayan oído mencionar siquiera. No era muy conocido tampoco, puesto que se movió siempre por las suyas. Editaba sus propios libros y estuvo exiliado en Barcelona, pero en los últimos años había vuelto a nuestro país y posteaba regularmente algunas reflexiones en Facebook. Llegué a él de las extrañas formas en que se llega, siempre, a la poesía más diversa: el padre de mis hijos tenía en custodia la biblioteca de uno de sus primos, si no recuerdo mal, allá en su casa de La Tablada. Eran unos pocos libros pero muy variopintos. Uno de ellos era Autorizado a vivir, de Eduardo Mazo, un libro de epigramas, según anuncia la propia portada, del que luego transcribo varios. Cuando el padre de mis niñitos se mudó conmigo, en aquel aciago año 99, aquel libro vino a parar a mi casa también pero cuando se fue a su provincia natal (en el mismo aciago año) se lo llevó con él, desde luego. No correspondía que se quedase (ni él ni el libro). El caso es que un domingo, en el Parque Rivadavia, me crucé de nuevo con Autorizado... y lo compré sin dudar. Casi diez años después, en una de mis librerías favoritas de la calle Corrientes, di con su ¿continuación?, Prohibido morir. Y muchos años después, Facebook volvió a ponerme sobre la pista de Mazo. El mismo Facebook que ahora me cuenta que se ha ido, supongo que por la peste actual, no lo aclara. No sé si fue un gran poeta, pero sin duda merece este pequeño homenaje que aquí le rindo. Todos estos poemas habían sido copiados en el CdP original, dicho sea de paso. 


Lo malo de la muerte
es que, casi siempre,
nos encuentra viviendo.


Se desea todo lo que no se tiene
y se pierde
todo lo que se ha deseado.


Siempre giramos sobre el mismo tema: 
la muerte.
Tremendo susto nos llevaríamos si después
de tantas poesías,
resulta que no existe.


Me hubiera gustado nacer el 37 de agosto
para dejar estupefactas a las muchachas
que me preguntan de qué signo soy
en el preciso momento
que les voy a dar el primer beso.


Cuando acaba el programa diario
de televisión
hay ya que irse a la cama,
porque realmente,
ya no hay nada que hacer.


¡Y a mí qué carajo me importa
que los bancos reduzcan punto y medio
sus tasas de interés!


Jesús, Mahoma, Moisés, Buda...
y ahora ese hombre
que me mira fijamente desde la parada del autobús.


Un día no habrá pobres ni explotados, 
ni altos índices de mortalidad infantil, 
ni intereses bancarios.
Los poetas nos las veremos negras
con tanta felicidad.


Cuando el amarillo macilento de las palabras
y el seráfico gesto se aletargue en el tiempo,
grabaré
—sobre el fémur de mi esqueleto—
tu nombre, 
para que los gusanos se enteren
que se han comido a un poeta enamorado.


Quiero este epitafio para mi tumba:
«Se fue sin pagar».


Hay domingos
que no se sobrellevan.


¡Nunca seré ajeno a mí!


Las feministas están equivocadas en sus críticas.
Veamos, por ejemplo:
la vida,
la suerte,
la felicidad, 
la poesía,
la muerte,
la rosa, 
la ley,
etc.
Casi todo es femenino.
A nosotros los hombres,
sólo nos quedan
el poder
y el arbitrio.


Es tarde,
menos
para todo.


Seré claro: 
¡estoy harto de esforzarme
en no pensar en ti!


¡Ah!
Me olvidaba: 
te invito a mi autopsia.

Autorizado a vivir, 1981.


3 de mayo de 2021

Atención atención yo gritaba atención

Así como hay poetas de los que soy devota (ya se han vislumbrado unos cuantos por aquí), hay otros poetas de los que no lo soy, por diversos motivos. Muchas veces, como en el caso de hoy, son grandes poetas, poetas incluso muy admirados por todos (público y otros poetas), pero su resonancia en mí no llega a los niveles de gozo y resplandor de aquellos de los que sí soy dedicada vestal. En algunos casos es entendible (he explicado aquí, por ejemplo, por qué deploro la figura poética de Mario Benedetti y no soporto su edulcorada poética), en otros tal vez no tanto, como en el caso que me trajo hasta estas orillas hoy. Es cierto que a Gelman no lo he leído a fondo pero lo leí bastante; es cierto que algunos poemas me parecen muy buenos, incluso buenérrimos, incluso, como el que traigo, uno de los mejores de la poesía en lengua castellana, pero así y todo algo siempre termina por dejarme indiferente o por no decirme todo lo que al parecer les dice a otros. Y está bien, es imposible resonar en la misma frecuencia con todos a la vez. Pero ya que hoy se cumple un aniversario de su nacimiento aprovecho para compartir este poema que, tarde o temprano, lo iba a compartir de todos modos, pues lo considero, insisto, de los mejores que se han escrito en nuestra lengua. 
Y también aprovecho para contar que gracias a este poema nació una preciosa consigna de taller literario que siempre rindió excelentes frutos: tras leer el poema y hacer los análisis pertinentes, les pedía a mis alumnos que escribieran un poema reemplazando la palabra «mujer» en el primer verso por alguna otra de su interés o predilección y continuaran desenrendando ese ovillo a ver qué salía. Salían siempre hermosos poemas porque la potencia de esa comparación es tan terrible que sólo se puede ir a lugares de densa profundidad a partir de allí. Y también los invitaba, antes de escribir, a hacerse algunas preguntas, que aquí transcribo para quien quiera ir un poco más allá y hácerselas también. Si la poesía no nos llena de preguntas, después del asombro de habernos asomado a su mundo, algo no estaría funcionando bien...

quise invitarlos [a mis alumnos] a dejar volar la imaginación en alas de la poesía, instándolos a que se preguntaran cosas como ¿y cómo será una mujer que se parece a la palabra nunca? ¿qué características tendrá? ¿por qué Gelman dice atención atención yo gritaba atención? ¿no es cierto que cuando uno ama y es amado caen a pedazos la furia y la tristeza y que cuando no es correspondido es como estar muerto en vida? ¿y a qué les recuerda esto? ¿no se parece a la letra de un tango, sólo que en vez de decir «percanta que me amuraste...» dice «esa mujer...»? y así por el estilo.

Con ustedes, Juan Gelman y su «Gotán»: 

GOTÁN

Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular,
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo. 

Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos. 

Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad. 

Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.

Gotán, 1962.

30 de abril de 2021

Alejandra Alejandra

Ayer podría/debería haber escrito sobre Pizarnik y me abstuve. Digo «podría» porque ha sido y sigue siendo una de mis máximas influencias poéticas y digo «debería» porque ayer se cumplió un nuevo aniversario de su nacimiento y hubo recuerdos, posteos, notas, panegíricos y jaculatorias de toda clase en las redes a propósito de ello. Me abstuve por eso, justamente, entre otras razones. No quería echar más leña a ese fuego idolátrico que arde desde el momento mismo en que se suicidó y que obnubila a muchos con su espeso humo narcotizante. Porque Alejandra es un narcótico, antes que cualquier otra cosa. Es imposible leerla y no sucumbir a su narcolepsia, es muy díficil no dejarse encantar, hay que estar muy templado para huir de sus cantos sirenaicos, que es justamente lo que no ocurre cuando uno la lee por primera vez, generalmente en la adolescencia, cuando más permeable y esponjosa está el alma. Durante muchos años estuve presa de esa narcosis de la cita perfectamente disimulada, de la brevedad rayana en el abismo, de los ingeniosos juegos de palabras y, oh, diablos, de la grandísima oscuridad. La poesía del hoyo, como la llamábamos con un queridísimo amigo. El regodeo en el mal. La doleur exquise. Hundir el cuchillo siempre más allá de la carne y revolver hasta descarnar, hasta encontrar el hueso, hasta drenar las médulas, hasta volver cenizas todo. 
¿Cómo sustraerse de algo semejante cuando se es un adolescente atolondrado e indocumentado, tratando de encontrar su lugar en el mundo? ¿Cómo no volverse fanático si Alejandra representa lo mismo que la tríada de los veintisiete en el rock (Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix)? ¿Cómo no rendirle pleitesía si en su infinita brevedad nos decía más que todas las palabras de este mundo juntas? Y luego, aunque los años pasaran y otros poetas vinieran a decirnos que había otros modos de hacer poesía y hasta que no era nuestro destino suicidarnos si deseábamos escribir poesía tal como parecía mandar la tradición de los poetas y los rockeros malditos citados, la estela de su incienso envenenado seguía presente, impregnada en nuestras fosas nasales, recordada y celebrada cada vez que se la leía y se reafirmaba esa idea y esa sensación de impotencia al pensar «Dios mío, nunca voy a escribir así», suponiéndole al «así» todas las cualidades imaginables, todas ausentes, por supuesto, de nuestra pobre praxis poética. Por eso digo que me costó muchos años desprenderme, un poco, de su idolatría y por eso ayer preferí guardar silencio y compartir algún verso perdido en la marea de Facebook como un modo de decir «presente» y nada más. Su pregnancia es tan excesiva (o mejor dicho, la pregnancia del personaje, del mito) como lo fue la de Rubén Darío en su tiempo (ya hablaré también de Darío, cómo no hablar de Darío). Pero hoy, al leer una reflexión de la poeta y crítica Anahí Mallol, que luego transcribo, decidí que era un buen momento para expresar estas y algunas otras palabras sobre una influencia tan determinante no sólo en mi poesía sino también en mi vida. 
Alejandra estuvo conmigo desde el vamos: recuerdo que en una de las primeras antologías de poesía que compré cuando en lugar de ir al colegio me rateaba y me iba a vagabundear por las calles de Quilmes (shhh), estaban sus poemas y me deslumbraron al instante, por supuesto. Amor a primera vista, amor a primera leída. Y luego, mientras la seguía leyendo y la iba conociendo y adentrándome en el personaje y en el mito la idolatría campeaba a sus anchas y siempre me parecía que nunca jamás de los jamases ninguna otra poeta me iba a gustar tanto como ella pero... ah, mis amigos, gracias a Dios luego conocí a Olga Orozco y luego a Amelia Biagioni y entonces comprendí que podía haber poetas que incluso me gustaran más y que, vaya paradoja, eran las mismas que ella idolatraba. Me conmovió hasta lo indecible leer la carta que le dirigió a Biagioni, por ejemplo, luego de leer su estupendo poemario El humo. Una vez más se me hizo patente aquello que decía Eliot acerca de la comunión espiritual que une a los poetas de todo tiempo y lugar. Luego conocí a Carmen Bruna (ya hablaré de ella también), a Liliana Lukin, a Leonor García Hernando y entendí que había más, muchísimo más de lo que la idolatriosis me permitía sospechar. Está muy bien tener ídolos y adorarlos, más cuando se es tan joven y vulnerable, pero llega un momento en que hay que dejarlos ir y abrazar otros amores, otras causas, otras formas de la infinita e inefable poesía. Porque su maravilla es tal que nos muestra que siempre hay, aunque digan que no, un más allá. 



La reflexión de Anahí Mallol: 

ayer leí algunas notas sobre Pizarnik. conclusiones (salvo honrosas excepciones, como la del amigo Gigena):
1. no hubiera cumplido 85. Pizarnik es siempre joven. encarna la fuerza de lo joven.
2. si escribís, y escribís bien, no te suicides, porque te vas a convertir en un cliché.
3. el personaje Pizarnik logró que su obra fuera conocida por mucha gente.
4. el personaje Pizarnik impide (en muchos casos) que se la lea más allá del personaje.

Le puse, desde luego, un evidente «me encanta» y no sólo un like porque da en el clavo en todos los puntos. 
Cierro con uno de mis poemas favoritos (de los primerísimos que leí) y los invito a que, si pueden, la lean más allá, mucho más allá, del personaje y del cegador mito. 

13

explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome

Árbol de Diana, 1962.

P. D.: Además, comparto con ella estas tres coincidencias: 1) Nací en Avellaneda; 2) Ella nació el mismo día que mi madre y 3) Tenemos las mismas iniciales (salvo que se invoque el Flora, claro).

15 de abril de 2021

El estaño del estruendo

Días pasados en este mismo rinconcito virtual afirmé que en cada provincia de nuestro país hay poetas notables (notabilísimos, algunos) que el porteñocentrismo de nuestra cultura y del mundillo literario se obstina en ignorar con furor digno de mejor causa. Dije también que iba a intentar demostrarlo en este espacio virtual y hoy se me presenta una oportunidad. Había arrancado con Juan L. Ortiz, lengua viva del Paraná, y hoy traigo, gracias a un posteo de Sofía Cerviño en Facebook, a Juan Manuel Inchauspe, poeta santafesino. 

Conocí a Inchauspe gracias a una clínica de poesía que dio Ricardo H. Herrera allá por el 2004 aproximadamente. Fueron cuatro clases intensas en la Casa de la Poesía de Buenos Aires: desconozco si ese espacio tan hermoso sigue existiendo (temo que la piqueta del progreso/sismo lo haya derribado o convertido en sabe Dios qué). Era la casa de Evaristo Carriego, de ahí que se llamara, con total justicia, la Casa de la Poesía. En pleno barrio de Palermo (Palermo Viejo, no Soho ni snobeadas por el estilo), era una casa estilo chorizo en la que funcionaba el centro cultural y la más exquisita biblioteca de poesía argentina que yo recuerde. Insisto en que no sé cuál fue su suerte, creo que tampoco quiero saber. Mejor guardo aquel bello recuerdo, y el recuerdo de esas cuatro intensas clases en las que Herrera nos regaló poetas de la talla de Inchauspe, que todos desconocíamos con prolijidad absoluta, y nos insistió hasta el hartazgo con la necesidad de volver al clasicismo, de aprender a escribir versos con medida, de aprender a distinguir un endecasílabo de un alejandrino y, sobre todo, de saber encontrar la música perdida en el mal llamado «verso libre» (que de libre no tiene nada). Nos aleccionó también sobre la importancia de la simpleza, de evitar los rebusques, las ñoñerías, la retórica vacía, la lúgubre llorosidad que nunca llegará a las cumbres pizarnikianas por mucho que se insista (esto seguramente iba a dirigido a mí) y todo lo que, justamente, Inchauspe no hacía. Su poesía es dura, afilada como una navaja toledana, de bordes y aristas como de diamante y tiene un fulgor similar. Sus poemas, esas notas rápidas que iba dejando por ahí, son como ráfagas que pasan y nos dejan perplejos y despeinados, preguntándonos qué pasó, qué me acaba de decir este señor que murió en la indigencia siendo todavía muy joven y que, al parecer, se dejó morir de amor, como no podía ser de otra manera. 


IMAGEN DEL CARACOL 

I
«Estar un poco con uno mismo» 
dijiste.

Sí, alejados del estruendo y las
inútiles utilidades
de cada día.
Sustraídos, por un momento
secreto y luminoso
a ese orden que siempre toma mas de lo que da.

II
«Estar un poco con uno mismo» —dijiste.
Sí, lo sé, sustraídos a ese orden
que siempre toma más de lo que da
alejados por el estaño del estruendo
y las utilidades del día
a los momentos secretos luminosos.
A veces es necesario
un movimiento de repliegue
para ocupar
un lugar que siempre está vacío y descuidado.

Trabajo nocturno, 2010.

12 de abril de 2021

Sólo lo más lejano perdura

Como hoy no sabía bien sobre qué escribir aquí (y recurrir al CdP original a veces me aburre, puesto que he notado que muchos de los poemas que copié entonces ya no resuenan en mí, por diferentes motivos: o bien eran poemas que sólo en ese momento tenían algún valor extrapoético ahora olvidado o bien son de autores ignotos en los que tampoco seguí buceando o bien los copié allí para no perderlos), me dije que una buena idea era dejarlo librado a la bibliomancia. Simplemente miré hacia la biblioteca que contiene todos los libros de y sobre poesía que hay en esta casa y el primero sobre el que mis ojos se posaron fue la Obra reunida del poeta platense Horacio Castillo. Inmediatamente recordé un poema suyo tan maravilloso como desgarrador y supe que el posteo de hoy estaba resuelto. 
Y así es. No me voy a explayar sobre Castillo porque me falta leerlo muchísimo. De hecho, una de las pocas cosas buenas del año pasado fue la edición de su Obra reunida por La Comuna, la editorial municipal, lo que constituye, para el panorama poético platense, un gol de media cancha en mi opinión. En vez de leer tanta pavada intrascendente y vacua mejor haríamos en leer a los grandes que ya no están pero que nos dejaron tamañas obras, como Castillo. Sobre lo que sí quiero explayarme (pero apenas un poquito) es sobre este poema, que leí al borde del llanto una vez más. Pienso que un día me voy a morir de poesía, tanto pueden conmoverme algunas de ellas, como esta. Y me conmueven, claro, porque siempre las leo en la misma clave, en la clave El depredador y su sonrisa, desde luego.

Si uno conoce el mito de Orfeo y Euridíce es todavía más hermosa y terrible, pero aún sin conocerlo ni tener noticia de él, la finura, la gracia y el preciso decir de Castillo no impiden apreciar su donosura y el terrible desgarro de sus protagonistas. Sólo para ponerlos en autos, Orfeo y Eurídice eran dos amantes esposos hasta que una serpiente mató a Eurídice y ésta fue a morar a los avernos, más precisamente al Hades. Orfeo, deshecho de dolor, se pone a tañer la lira de forma tan lastimera que los dioses griegos, siempre tan despiadados, por esta vez se apiadan y le permiten rescatar a su amada con una condición: no debe mirarla hasta que hayan salido por completo del báratro y ella esté completamente bañada por la luz. Impasible, Orfeo cumple pero en el minuto final no resiste más y se da vuelta para ver a Eurídice por fin, quien entonces desaparece frente a sus ojos para siempre. Hay desde luego otras versiones y este es apenas un resumen para que el poema se comprenda mejor, aunque insisto con que no es necesario. Sólo quería darme el gusto de contar, aunque fuera mínimamente, un mito griego. 
Entonces...

DICE EURÍDICE

La ansiedad me dominó, y luego la inquietud, cuando supe que venías:
horror de que me vieras así, con este tocado de sombra,
el pelo sin brillo —el pelo, que el sol no se cansaba de dorar.
Terror también de que no fueras el mismo —el que permanecía en mi memoria—
y al mismo tiempo curiosidad por ver de nuevo un ser vivo.
Hace tanto que nadie venía por aquí,
tanto que nadie se llevaba un alma o un perro,
que cuando oí tus pasos y tu voz llamándome,
cuando por fin te estreché, más que a ti estaba abrazando a la vida.
Después tu calor me condensó, me secó como una vasija,
y caminé por el sombrío corredor
otra vez con aquella máquina atronadora dentro del pecho
y un carbón encendido en medio de las piernas.
Caminé de tu brazo, imaginando ya la luz,
los árboles junto a los cuales caminábamos,
aquella habitación llena de espejos
donde flotábamos como dos ahogados.
Hasta que de pronto tu paso se hizo nervioso,
tu pensamiento se espantó como un caballo,
y vi que tratabas de desprenderte de mí,
de librarte de la trampa de la materia mortal.
«No te vayas —supliqué— no me dejes aquí,
déjame ver de nuevo las nubes y el sol,
suéltame por el mundo como una potranca tracia».
Pero tú ya corrías hacia la salida,
y durante siete días y siete noches oí cómo llorabas,
cómo cantabas en la ribera del río infernal
nuestra vieja canción: «Lo lejano, sólo lo más lejano perdura».

Alaska, 1993.

11 de abril de 2021

Versitos, sólo versitos

El poeta Osvaldo Bossi tiene el buen tino de compartir estas reflexiones (suerte de artes poéticas) en su muro de Facebook cada tanto. Las dirige a Robin, como si fuera Batman el que habla, en una notable y bienvenida transgresión (que no otra cosa es la poesía según nos contara Susana Reisz de Rivarola en las clases de Teoría Literaria I hace ya tanto tiempo), dado que le quita así toda la pátina de solemnidad que estos dichos podrían tener y les imprime un toque pop de lo más interesante. Como estas alocuciones están perfectamente bien escritas, el mensaje llega y cada tanto las he compartido tanto en mi muro como en una de mis páginas de FB (Taller de Poesía, concretamente). Sin embargo, hoy compruebo con pesar que, según las estadísticas que brinda FB (en las que de todos modos mucho no confío, pero bueh...), nadie ha visto ni ha interactuado con la publicación en la que compartí esta excelente reflexión. A ver si por este medio hay más suerte, porque vale la pena leer esto, sobre todo para quienes están comenzando y a veces se les confunden un poco los tantos. 
Haga poesía, no haga ni «Arte» (en el sentido en que lo escribe Girondo en sus «Membretes») ni haga panfletos inflados de ideología bienpensante o políticamente correcta. Deje esas minucias que nada tienen que ver con la poesía para el lugar que correspondan. Le aseguro que la poesía no es.

VERSITOS, SÓLO VERSITOS

Robin, cuando leas un poema lleno de sentido, atravesado por alguna ideología, cerrá el librito y rajá para otro lado. O es falsa poesía, o poesía para que caigan los giles (ayer vi la película sobre Tita Merello y usa mucho esta palabra, graciosa y a la vez tan precisa). Los temas importantes, comprometidos, son así, Robin. Se llevan todos los aplausos, pero el lenguaje (que es la materia de la que están hechos los poemas) se empequeñece o sólo sirve para transportar enormes mamotretos. Al menos en poesía, sentido y forma van juntos, pero sobre todo el sentido es forma. Ni adorno, ni falsa belleza, sino la cristalización de una materia que, si se tiene suerte, al ser tocada por el lector, libera algo, y no al revés. ¡Madonna santa! ¡Finíshela con tanto mensaje! El compromiso político, como ciudadanos, es una cosa, y la poesía es otra, ¿no te parece? Si uno, por esos casuales tiene algo para decir, ¿por qué no lo dice directamente? Por ejemplo, si yo le quiero decir a un chico que me gusta, o yendo más lejos, que lo amo. En fin, si quiero que el mensaje le llegue, no escribo un poema, que dice siempre otra cosa e incluso lo contrario. Lo invito a tomar una cervecita o un café y que sea lo que Dios quiera. La poesía se nutre de la vida que nos rodea y de nosotros mismos, es cierto, ¡pero es poesía, Robin! No es «la verdad» revelada. Como dice mi querida Diana Bellesi, simples o complicados «versitos»... ¡Pero versitos, Robin, versitos, nada más! Me acuerdo de un poema que viene al caso, de Patrizia Cavalli, que dice así: «Alguien me ha dicho / que mis poesías / no cambiarán el mundo./ Yo les respondo que en verdad sí / que mis poesías / no cambiarán el mundo». ¿No es hermoso? Nada más ligero y más contundente que eso.

Facebook, 28 de noviembre de 2017.


2 de abril de 2021

Soldados

En general, deploro la poesía de ocasión. Con "poesía de ocasión" me refiero a esos poemas compuestos para celebrar algún suceso digno de ser recordado, poemas generalmente escritos inmediata o simultáneamente con el hecho en cuestión. Suele ser uno de los usos más arraigados de la poesía, que se puede rastrear hasta el origen mismo del género lírico con Píndaro y sus Odas, por decir algo. A mí, salvo unas pocas y gloriosas excepciones, suele parecerme siempre una reverenda porquería, un uso espurio de la poesía, una función que no le es connatural, un forzamiento, no sé. Posiblemente exagero, pero en general pienso esto. Me ponen de muy mal humor esos textos que circulan con la velocidad del rayo en Facebook luego de algún acontecimiento ominoso, como si sus autores estuvieran siempre esperando que ocurra alguna desgracia para ir y escribir unos versos. Alguna vez dije esto en mi muro y muchos amigos y colegas me saltaron a la yugular, para variar. Está bien. Son puntos de vista. Yo prefiero, en todo caso, que la poesía nazca del asombro, de la contemplación y de una larga templanza del dolor, en lugar de que sea un espasmo violento ocasionado por la tristeza, por las injusticias o por la luctuosidad de ciertos acontecimientos. También es cierto que en muchas ocasiones la angustia es tan galopante ante lo que ocurre que sólo escupiendo versos o ristras de palabras que se asemejen a ellos se puede lograr un mínimo de paz. Lo entiendo. Es escritura terapéutica y no tiene nada de malo, pero no sé si es lícito hacerla pasar por poesía sin más. Sin dejar que decante, que quede lo esencial y se diluya lo superfluo de la emocionalidad y el grito. Muchas veces es sumamente complicado distinguir una cosa de otra, poder decir cuándo lo terapéutico puede llegar a un nivel literario, etcétera. Entramos ya en las finas disquisiciones de la teoría y la crítica literaria que tanto espantan (y con razón) a los profanos. Para no seguir yéndome por las ramas, retomo: la poesía de ocasión suele caerme mal, salvo, insisto, excepciones.




Precisamente esta es una excepción. No sólo porque es un hermoso y tristísimo poema que resume toda una tragedia en un brevísimo espacio sino porque además forma parte de un poemario igual de hermoso y triste que fue trabajado años y años y que nunca se dejó llevar por el mero espontaneísmo o la mera efusión. Y tiene, además, el agregado de haber sido escrito por alguien que estuvo allí, que lo vivió y que no, no se lo contaron. En tiempos en que la desmalvinización cunde y en que quieren convencernos de que no estamos en guerra (nunca dejamos de estar en guerra, digan lo que digan) es hora de levantar esta bandera más alta que nunca. 
Malvinas argentinas siempre. Gloria y honor a los veteranos y caídos en la guerra de Malvinas.

Cuando cayó el soldado Vojkovic 
dejó de vivir el papá de Vojkovic 
y la mamá de Vojkovic y la hermana 
También la novia que tejía 
y destejía desolaciones de lana 
y los hijos que nunca llegaron a tener 
Los tíos los abuelos los primos 
los primos segundos 
y el cuñado y los sobrinos 
a los que Vojkovic regalaba chocolates 
y algunos vecinos y unos pocos 
amigos de Vojkovic y Colita el perro 
y un compañero de la primaria 
que Vojkovic tenía medio olvidado 
y hasta el almacenero 
a quien Vojkovic 
le compraba la yerba 
cuando estaba de guardia 

Cuando cayó el soldado Vojkovic 
cayeron todas las hojas de la cuadra 
todos los gorriones todas las persianas

Soldados, 2009.

P. D. del 31/05/2021: Es la tercera vez que tengo que reponer la imagen. Me pregunto si hay algún algoritmo al que le molestan las imágenes de Malvinas, sólo porque soy muy desconfiada y malpensada. Espero que simplemente se trate de una coincidencia... porque seguiré poniendo imágenes de Malvinas todas las veces que haga falta. Actualización del 02/04/2022: repongo la imagen por cuarta vez. Hartante ya. 

28 de marzo de 2021

Luciérnagas en el río

Cuando inicié el CdP conocía muy poco de este poeta. Lo tenía visto en las ya numerosas antologías de poesía argentina de mi biblioteca, lo habían mencionado alguna vez en la facultad, sabía que era el poeta favorito de algunos compañeros, pero no me había adentrado en su obra, supongo que porque no era el momento. Es decir, no era mi momento de acceder a esta magia. No siempre podemos acercarnos a un poeta de buenas a primeras. Puede suceder que en el primer acercamiento no ocurra nada, incluso puede ocurrir que nos desagrade o que no captemos cuál es esa maravilla de la que todos hablan. Mucho después, si volvemos a darle una oportunidad, es posible que nos deslumbre y caigamos rendidos ante su maestría sin hesitar un segundo. También puede ocurrir que nunca seamos tomados por su hechicería y está bien: no tiene por qué gustarnos ni deslumbrarnos todo. 
Creo que con Juanele ocurre eso: al principio puede uno sentirse hasta desubicado o extrañado y luego, si persiste, si se deja llevar por la corriente lujosamente lodosa de su poesía, puede incluso terminar como Ofelia ahogándose dulcemente en sus aguas. Es que la poesía de Juanele es la viva voz del río, de las plantas, de la Naturaleza litoraleña cantando a través de sus versos, de sus lánguidos poemas, de esos hilos como caminitos de agua que son sus imposibles de maquetar poemas. La poesía de Juanele es Entre Ríos misma diciendo aquí estoy, esta soy yo, esta mansedumbre verde y dorada, esta rosada comunión, este oro de pájaros y enjambres soy yo. Aunque los porteños sigan ignorándolo todo acerca del interior, cada una de nuestras provincias tiene poetas gigantes que, como Juanele, se transforman en sus voces cantantes. Espero demostrarlo también con este proyecto. 
Gracias a la poeta Fedra Spinelli que ayer tuvo a bien postear esta delicada joya en su muro y me dio la oportunidad de decir estas palabras sobre el enorme Juanele. 

LUCIÉRNAGAS...

Por entre las luciérnagas hacia el río flotamos
pues la sombra está toda de pupilas viajeras.

Y en el río, oh amiga, llamas hondas y móviles.
¿Qué puerto aparecido?
La alta fiesta celeste sumergida,
bajo el encanto de las chispas aladas:
luciérnagas, luciérnagas, todavía en el río!

Obra completa

22 de marzo de 2021

Los que se fueron

Uno de los enormísimos poetas que se llevó la pestilencia actual. Hace exactamente un año posteaba este poema en su muro. Fue uno de los grandes secretos de la poesía argentina. Quizás deba seguir siéndolo, pero también es hora de que se lo lea y homenajee como corresponde.


DISTANCIA

Ahora que estamos todos confinados
y hasta cuándo
extrañandonos de nosotros o volviendo a nosotros o sino como 
siempre en la experiencia del ser abrumadoramente humanos

pienso
siento
pero más bien estoy seguro de que
debe haber un gran tráfico por lo invisible

inmensas telepatía
incómodas revelaciones

los satélites muestran más azul lo azul
algo descansa

ahora que estamos como
obligados a nosotros

y mucho parece terrible o final o novísimo

te extraño
no lo dudes

ahora
en el no tiempo en la más íntima distancia

1 de agosto de 2010

Un clásico, un maestro

Un poeta que, a pesar de ciertas tosquedades, me gusta y admiro mucho, no sólo por su obra, que es digna de ser recordada y visitada, si no también por su tremenda y azarosa vida. Aquí, uno de sus poemas más famosos, en momentos en los que «Avanti» es casi una orden para mí: 


¡AVANTI!

Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas;
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.

Obcecación asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
que se mellen los garfios de la suerte...

¡Todos los incurables tienen cura
cinco minutos antes de la muerte!

Almafuerte
Siete sonetos medicinales

4 de julio de 2010

Magia y metáfora

[CdP]

Reflexiones en torno a la metáfora (y también a la magia):

Para el poeta, la metáfora, es decir, la imagen es también la cosa. Magia y poesía responden a esa incontenible apetencia hacia la unidad que tiene lo diverso, a esa irrefrenable sed de diversidad que arde en lo único. La participación mágica es la técnica de que se vale la primera, y la metáfora el recurso de la segunda.
En la metáfora el poeta procede como si cada palabra estuviera incompleta, y por ello necesitada de un complemento, tal como el hombre en el mito platónico del amor. Y cada palabra sólo puede alcanzar su plenitud, mediante la participación mágica de su significado con otra palabra.

La metáfora total, operante como instrumento mágico, empieza cuando el reflejo se proyecta a su vez sobre la cosa reflejada e influye sobre ella, cuando la cosa reflejada es a su vez reflejo, y sólo mediante ese intercambio de mutuas generosidades, consiente el infinito en acurrucarse, anidarse confiado entre ellas.

Mediante la metáfora se logra, pues, una participación, una independencia entre las cosas que las torna más accesibles a quien maneja el procedimiento, y simultáneamente, permite al poeta su propia identificación con la realidad, es decir que en toda metáfora, además de la manifestada extraversión de sus términos, hay latente, pero con igual certidumbre, el ansia de comunión de su creador con el mundo y nunca mago alguno lo consiguió con tanta plenitud como el poeta.
Variaciones sobre la poesía, 1959.

13 de junio de 2010

La experiencia poética de la mano de Girri

Vuelvo al CdP y remito al lector a esta entrada de Fauna Abisal para más datos sobre este libro: 

Por lo general, recelo y desconfío de lo que unos fantasmales y generalmente anónimos seres escriben en las solapas y contratapas de los libros. Casi nunca dichos paratextos van firmados y luego uno descubre que lo que se dice en la contratapa de una menguada edición de los Artículos de costumbres de Larra es, en realidad, lo que opinaba de él Sarmiento en uno de sus Viajes..., y así por el estilo. 
La contratapa de este libro (al que volveré infinidad de veces aquí) tampoco está firmada y no sé realmente quién pudo haberla escrito, pero dice algo que se aplica perfectamente lo que quiero hacer aquí y por eso lo cito: 
Rigor y pasión son asimismo los rasgos que caracterizan las reflexiones sobre el quehacer poético (...), una serie de pensamientos surgidos en medio de lecturas de otros poetas, de textos críticos, del propio poetizar.
Exacto, podría agregar. 
En la primera hoja del libro hay una anotación en lápiz que realicé hace dos años [en 1999] y que también quiero rescatar aquí porque creo que lo que dice allí recién ahora se hará realidad: 
He leído este libro por lo menos dos veces, a juzgar por los diversos colores con que ha sido subrayado. He transcripto párrafos y sentencias enteras, pero siempre dándome cuenta de que lo hacía para el futuro, para un futuro que aún no sabía cuál era, pero que me permitiría al fin comprender todo ese «palabrerío». Ese futuro ha llegado, creo: estoy a punto de comenzar el tercer año de mi carrera y en el último cuatrimestre cursé una materia (Teoría Literaria I) donde no se hizo otra cosa más que hablar, discutir, leer y desmigajar a la poesía, al poeta, al poema. Por ello, la lectura actual de este libro será la más significativa porque será como si nunca lo hubiera leído, tan nueva me acerco a él, tan fresca quiero volcarme en él, para, al fin, poder comenzarlo a entender.
En primer lugar, esa lectura nueva y fresca y comprensiva finalmente no pudo realizarse en su totalidad, si bien dejó un reguero de notas y cuestiones interesantes. Por otra parte, es un libro de fácil lectura pero de díficil asimilación, acaso por la brevedad, por lo aforístico, lo riguroso y pasional de sus comentarios y observaciones. Hablaba esa nota de Teoría Literaria I y recién pensaba que este cuaderno, paradójicamente, va a terminar pareciéndose a los apuntes de esa materia, en la que el profesor Cowes nos dictaba los poemas y nos regalaba luego su parecer, su opinión, sus análisis. 
Siempre temí que la facultad destruyera mi gusto por la poesía junto con mi capacidad para producirla, pero al conocer al profesor Cowes todos mis temores fueron acallados porque allí mi poesía fue llamada por primera vez poesía y mis poemas eran poemas porque él los ponía en un pie de igualdad (!) con los de Salinas y Juan Ramón Jiménez al mezclar sus hojas con las mías, con esas hojitas que yo trémulamente le había alcanzado para ver «qué le parecían». Y resultó que le parecieron claramente emparentados con la generación del 27, cosa en la que yo ni siquiera había reparado, y allí también fui llamada por primera vez «una poetisa argentina» y no una simple compañera de curso. 
Entonces, vaya este cuaderno también como un homenaje, un homenaje a un verdadero fanático (además de una eminencia) de la poesía por sobre todas las cosas. 
Habría que aclarar, aunque ya parece ocioso, que este cuaderno estará lleno de digresiones y excesos puesto que eso es lo mejor que tiene la literatura: uno empieza, digamos, por acá, pero no tiene ni idea ni sabe siquiera si va a terminar por allá o por acullá. 
Dicho lo cual, vuelvo a Girri que de él es de quien se trata ahora. 


En Notas sobre la experiencia poética, el libro al que me estaba refiriendo antes de desviarme hacia el profesor Cowes, Girri sostiene algo que creo fundamental para entender tanto su propio libro como lo que quiero hacer en este cuaderno:
No parece excesivo entender que cuanto un hacedor de poemas escribe lateralmente acerca de su oficio, estética, actitudes de la poesía ante la realidad con que opera, concepciones de otros creadores, etc., debe juzgarse a la luz y en relación con puntos de vista privativos de aquél, directa o implícitamente ejemplificados por su obra.
Aunque termine oscureciendo, prefiero aclarar: este cuaderno contendrá, entonces, entre otras cosas, mis puntos de vista sobre la poesía y todos aquellos que coincidentes u opuestos con los míos tengan o hayan tenido alguna utilidad manifiesta para mí y para mi obra, pero no pretendo, de ningún modo, que esto sea la Verdad Revelada... 
Sin embargo, colijo que se pueden sacar muchas buenas enseñanzas, y en particular de los fragmentos de Girri que siguen: 

No todos los versos son poesía y la división clásica es: escritos artísticos y escritos comunes. A la menor provocación, la prosa puede caer en la rima. Lo que designaríamos como prosa suele tener ritmos, aliteraciones, repeticiones, polifonía y cuanto pasa por ser exclusivo de la poesía. [Nota de 1999: cfr. con la definición de lo propiamente lírico en Reisz de Rivarola y se verá que lo lírico no reside en el verso, ni siquiera en la rima como tales sino en la trans-gre-sión.]

El espíritu de la letra; la letra a manera de dato que servirá para que el lector se golpee la frente: '¿cómo no me había dado cuenta antes de que eso era así, tal cual lo estoy leyendo, literalmente?' [Nota de 1999: Cortázar me ha regalado tanto de esto, y Henry Miller y Roberto Arlt... Y el propio Baudelaire, agregaría hoy, como luego se verá.]

Poemas como aforismos. La prueba de su eficacia consistiría en que ocuparían más lugar en la memoria que en la página. [Nota, sin fecha: ¿Y acaso no vale más perdurar en la memoria que en la página?]

Uno no debe guiarse sólo por las exigencias de lo que está haciendo; lo que necesita ser escrito. Por lo demás, es probable que el poema resulte siempre superior a lo que se diga sobre él.

Y se aprende a ser constante (constante, no rutinario), a saber cada vez menos por qué se hace lo que se hace, y a acentuar la convicción de que no se puede hacer sino lo que se hace.

Notas sobre la experiencia poética, 1983. 

6 de junio de 2010

Contra el embrutecimiento que es la vida

No recuerdo si en el Cuaderno de Poesía del 2001 incluí algunos de ellos, es probable que sí. De cualquier manera, en aquel entonces no los había leído todos sino que había encontrado algunos sueltos por allí. Me refiero a los célebres Membretes de Oliverio Girondo, ese monstruo, ese gigante, ese dios de la poesía. Fue, él también, uno de mis primeros padres nutricios y conocí sus membretes tempranamente. Por alguna gracia que ya no recuerdo llegué a su poesía cuando tenía apenas 16 o 17 años, momento álgido y exacto para encontrarme con ella y saber que ya nunca la abandonaría. Esta semana, a raíz de mis clases en el Taller de Escritura del Pasaje Dardo Rocha, volví a hacerle una visita al maestro, y rebuscando un poema para compartir con mis alumnos me encontré de nuevo con los membretes. La transición fue natural: se impuso seleccionar mis favoritos para ponerlos aquí sin dilación alguna. En cursiva, aquellos que o bien impactaron en lo más hondo de mí o bien los que creo que funcionan como auténticas (y sensatas) artes poéticas a seguir por cualquier poeta que se precie de tal. 



No hay crítico comparable al cajón de nuestro escritorio.

Entre otras... ¡la más irreductible disidencia ortográfica! Ellos: Padecen todavía la superstición de las Mayúsculas. Nosotros: Hace tiempo que escribimos: cultura, arte, ciencia, moral y, sobre todo y ante todo, poesía.

Aunque la estilográfica tenga reminiscencias de lagrimatorio, ni los cocodrilos tienen derecho a confundir las lágrimas con la tinta.

Llega un momento en que aspiramos a escribir algo peor.

¡El Arte es el peor enemigo del arte!... un fetiche ante el que ofician, arrodillados, quienes no son artistas.

No hay que confundir poesía con vaselina; vigor, con camiseta sucia.

¿Por qué no admitir que una gallina ponga un trasatlántico, si creemos en la existencia de Rimbaud, sabio, vidente y poeta a los 12 años?

Un libro debe construirse como un reloj, y venderse como un salchichón.

Con la poesía sucede lo mismo que con las mujeres: llega un momento en que la única actitud respetuosa consiste en levantarles la pollera.

Trasladar al plano de la creación la fervorosa voluptuosidad con que, durante nuestra infancia, rompimos a pedradas todos los faroles del vecindario.

¡Si buena parte de nuestros poetas se convenciera de que la tartamudez es preferible al plagio!

Tanto en arte, como en ciencia, hay que buscarle las siete patas al gato.

¿Cómo dejar de admirar la prodigalidad y la perfección con que la mayoría de nuestros poetas logra el prestigio de realizar el vacío absoluto?

La vida es un largo embrutecimiento. La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas; poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario; los mosquitos pueden volar tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles, y cuando deseamos viajar nos dirigimos a una agencia de vapores en vez de metamorfosear una silla en un trasatlántico.

Aunque ellos mismos lo ignoren, ningún creador escribe para los otros, ni para sí mismo, ni mucho menos, para satisfacer un anhelo de creación, sino porque no puede dejar de escribir.

La poesía siempre es lo otro, aquello que todos ignoran hasta que lo descubre un verdadero poeta.

Segura de saber donde se hospeda la poesía, existe siempre una multitud impaciente y apresurada que corre en su busca pero, al llegar donde le han dicho que se aloja y preguntar por ella, invariablemente se le contesta: Se ha mudado.

Aspiramos a ser lo que auténticamente somos, pero a medida que creemos lograrlo, nos invade el hartazgo de lo que realmente somos.

Ambicionamos no plagiarnos ni a nosotros mismos, a ser siempre distintos, a renovarnos en cada poema, pero a medida que se acumulan y forman nuestra escueta o frondosa producción, debemos reconocer que a lo largo de nuestra existencia hemos escrito un solo y único poema.

Membretes, 1924.

30 de mayo de 2010

Retrato de estos días

[CdP] Sigo volviendo los ojos hacia atrás, hacia la que tímidamente se inclinaba sobre su breve escritorio y en distintos colores echaba de sí una veintena de poemas sin el menor esfuerzo... Sigo volviendo los ojos hacia la que fui porque estoy anegada en la que soy y quiero vislumbrar la que seré. 

MONOTONÍA

¿Cómo decir este deseo del alma?
Un deseo divino me devora,
pretendo hablar, pero se rompe y llora,
esto que llevo adentro y no se calma.

Pretendo hablar pero se rompe y llora,
lo que muere al nacer dentro del alma.
¿Cómo decir el mal que me devora,
el mal que me devora y no se calma?

Y así pasan los días por el alma,
y así en su daño obsesionada, llora.
¿Cómo decir el mal que me devora,
el mal que me devora y no se calma?

Alfonsina Storni

9 de mayo de 2010

Las vueltas seguras de la muerte

Como he declarado ya por algún lugar, soy bibliómana. Quiere decirse que cada vez que puedo (e incluso cuando no puedo) compro libros. No cualesquiera libros, sino libros que llamen mi atención, que sean de mis autores favoritos, que sean de autores que aún no he leído pero sé que, por diversas circunstancias, debo leer o bien libros que pertenecen a colecciones que ya sé que no van a defraudarme. También compro libros por sus tapas, por sus títulos y muchas veces porque algún escritor declaró que habían significado algo trascendental para él. Desde luego, también compro libros porque sí, porque están en oferta o porque se me da la real gana. 
Días pasados (escribo esto hoy mismo, mayo de 2010, no copio nada del cuaderno de poesía del 2001 en esta ocasión), di con una antología del CEAL, perteneciente a su colección Capítulo, Biblioteca Argentina Fundamental, colección que verdaderamente hace honor a su nombre. Extraigo de allí el siguiente poema que les leí a mis alumnos del taller de escritura; no sé qué impacto habrá causado en ellos pero sí sé el impacto que me produjo a mí: 

POEMA XIII

Más allá de las aguas grises bajan las colinas.
Nadie vigila. 
Sobre las noches descompuestas concentro mi afinación.
Todo lo nuestro llega; las ventanas amigas
entran las lejanías,
pero ya no saldremos nunca de esta mañana
opaca.
Avanzan hacia nosotros las vueltas seguras de la muerte.

La generación poética de 1922

Post-scriptum de marzo de 2021: No tengo idea de cuál fue el impacto al que me refiero ut supra. El poema es bueno pero incluso creo que hay poemas mejores de Fijman. No guardo el menor recuerdo sobre qué fue lo que tanto me impactó y ahora estoy intrigada, porque no le veo ninguna cosa tan extraordinaria ni rutilante. Cierto que el remate es excelente, cierto que Fijman es un gran poeta (de los siempre olvidados) pero no logro dilucidar qué fue lo que tanto me gustó o impactó. Hoy hubiera dejado pasar este poema sin más. Como para comprobar cómo va cambiando nuestra percepción mientras avanzan incólumes las vueltas seguras de la muerte hacia nosotros, claro.