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7 de junio de 2021

Astilla de lucero

Cada vez más me inclino por la poesía más simple, por la que prescinde de todo andamiaje retórico vacuo, de toda pedantería ilustrada, de toda arquitectónica composición de nada. Cada vez más creo que es necesario adentrarse, tanto como lector y como creador, en la dificilísima sencillez, en la compleja ciencia que hace que todo parezca facilísimo cuando es todo lo contrario. Cada vez menos artificios y más sustancia y esa sustancia cuanto más simple, llana, cercana y natural, mejor aún. Me alejo cada vez más, como lectora y como creadora, de los cerrados mundos yoicos, de las inentendibles abstrusidades que nada dicen, de los piélagos de vocablos vacíos apilados al tuntún, procurando que digan algo cuando nada pueden decir, pues no los anima la gracia, no tienen, justamente, alma. Cada vez más alejada de pompas y circunstancias, cada vez más cercana al mundo natural que nos rodea, el que vive y respira fuera de las pantallas, como estos poemas del peruano Arturo Corcuera que invito a leer. 



FÁBULA DE LA LUCIÉRNAGA

Diamante en trizas.

Semáforo diminuto
que señala el rumbo
de las libélulas.

Posada sobre un madero
cantas intermitente,
astilla de lucero.


EL HEREJE

Nadie podrá convencerme
que el tren
no es larva de mariposa
que el avión no tiene plumas
que el mar no bebe cerveza
que la luz no es una flor.

27 de junio de 2010

Una auténtica poética

Poco sé de este poeta. Yo creía, erróneamente, que era argentino pero es peruano. Visitando ahora la Wikipedia me entero del porqué de mi confusión: nació en Arequipa (Perú, efectivamente) pero murió en Buenos Aires. Difundió en nuestro medio la obra de Freud y las vanguardias, de las que formó parte. Pero no es la idea de este espacio perder tiempo con cháchara biografista. Aquí, la poesía, más aún, el poema, deben ser los protagonistas. El que sigue es una auténtica poética, un género que me interesa cada vez más profundizar y analizar: 

SEMÁFORO

Mejor es que los ojos como lámparas trémulas se apaguen
que los sonidos sean transportados a donde nunca se los oiga
que no acepten el vuelo los vocablos
que no haya casos cuando yo poeme

Pido la cesantía de las buenas costumbres del lenguaje
la defunción de la gramática
el aniquilamiento del sentido doméstico en el canto
exijo ausencias cuando yo poeme

Propugno el culto de la errata
el celeste relámpago de la equivocación
el juego mágico de malentendidos entre versistas y leyentes
para que juntos poememos en perseveración de este prodigio.

El poemar repuebla al tiempo
acrecienta al espacio de perspectivas y alrededores
y en tanto que se espacia poemando
se tiempa para siempre quien poema

Alberto Hidalgo
Antología personal, 1967.

18 de abril de 2010

Tan frágil manjar

[CdP] Como un testamento también. Un testamento de pensamientos propios y poemas ajenos. Porque ya se sabe, toda la poesía es testamentaria. Es la voz de un muerto la que habla. Un solo poema puede oficiar ya de testamento porque no deja de ser una señal que alguien recogerá en algún momento. Una señal de que un fulano, alguna vez, tuvo algo que decir y lo dijo, no importa cómo. Por eso, aquí va un testamento poético declarado que siempre me pareció maravilloso: 


TESTAMENTO OLÓGRAFO

Dejo mi sombra,
una afilada aguja que hiere la calle
y con tristes ojos examina los muros,
las ventanas de reja donde hubo incapaces amores,
el cielo sin cielo de mi ciudad.

Dejo mis dedos espectrales,
que recorrieron teclas, vientres, aguas, párpados de miel,
y por los que descendió la escritura
como una virgen de alma deshilachada.

Dejo mi ovoide cabeza, mis patas de araña,
mi traje quemado por la ceniza de los presagios,
descolorido por el fuego del libro nocturno.

Dejo mis alas a medio batir, mi máquina
que como un pequeño caballo galopó año tras año
en busca de la fuente del orgullo donde la muerte muere.

Dejo varias libretas agusanadas por la pereza,
unas cuantas díscolas imágenes del mundo
y entre grandes relámpagos algún llanto
que tuve como un poco de sucio polvo entre los dientes.

Acepta esto, recógelo en tu falda como unas migas,
da de comer al olvido con tan frágil manjar.

Sebastián Salazar Bondy