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13 de mayo de 2021

Por qué me trajiste acá

Me fascina el mar. ¿Hay alguien en este mundo que pueda sustraerse a su hechizo? Ruego a Dios que no, porque sería una vida de lo más pobre, que ni todos los millones del mundo podrían compensar. Me fascina el mar desde siempre. Cuando era chica, veraneaba siempre en la playa, a veces un mes entero en Mar del Plata, siempre por la zona del faro (entiendo que de allí viene mi fascinación por los faros, claro), otras veces diez o quince días o los que se pudiera en Santa Teresita. Alguna vez en San Clemente, otra en Mar del Tuyú y, cuando ni siquiera era un reducto coqueto del chetaje, en Mar de las Pampas (estaba sólo La Pinocha, casa de té y chocolates, cuando fuimos). Luego estuve muchos años sin visitar ni el mar ni las playas, hasta que cuando tuve la oportunidad (mejor dicho, cuando me animé) de viajar sola por primera vez, el destino elegido fue, justamente, Santa Teresita. Hasta tuvimos casa allí, bautizada por mi abuelo como «Viky», por mi tía Victoria. La casa seguía en pie cuando fui en 2009. Otras cosas no, pero no importa. 
Y aunque luego la fascinación por la Patagonia copó prácticamente todos los espacios, siempre guardo un lugar especialísimo para el mar y tengo anotadas, en mi lista de deseos, todas las ciudades costeras patagónicas que quiero conocer algún día: Las Grutas, San Antonio Oeste, Comodoro Rivadavia, Rada Tilly, Camarones, Puerto Deseado, Puerto San Julián y tantas más. El año pasado, uno de mis solaces para aguantar el encierro pandémico fue mirar con devoción tres series de documentales, todas de tema marítimo: Naufragios en la Patagonia, Atlántico Sur y Faros, todas de canal Encuentro. Pocos momentos disfrutaba más que al ver esas maravillas, filmadas en recontramegahipersúper calidad y con unos planos-detalle alucinantes del fondo del mar. Como todo tiene que ver con todo, ya recordarán que mi primer libro (aunque técnicamente no sea tal) fue Moby Dick, en su versión condensada para niños de Kapelusz, como nunca me canso de aclarar. Ya desde ahí todo lo que tenga que ver con el mar tiene mi atención indivisa.
En esta nueva etapa de reclusión menos severa, me conformo mirando imágenes en Facebook, tanto de las bellezas patagónicas como de algunas páginas sobre barcos, como Amigos de la Fragata Libertad, de donde extraje la imagen que ilustra este posteo, porque ella, junto con la lectura (en tránsito) de 20.000 leguas de viaje submarino de Julio Verne más este vivo del Centro Cultural de la Ciencia que vi ayer me hicieron recalar, impensadamente, en el poema que quiero compartir hoy. 
Tan sencillo, tan desgarrador, tan tremendo. 


La secuencia fue así: como cada día me extasié con las imágenes que comparten los Amigos de la Fragata Libertad y esta en particular me pareció tan bella que quise compartirla de inmediato. Al verla con más detenimiento y recordar lo que había leído anoche sobre el fondo del mar en Verne, me dieron tantas ganas de hacerme a la mar que de inmediato recordé este poema de Rafael Alberti que copio a continuación: 


1

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!

¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?

¿Por qué me desenterraste
del mar?

En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.

Padre, ¿por qué me trajiste
acá?

Marinero en tierra, 1924.


Espero me perdonen estas apostillas que intentan explicar, vanamente, la perfección de este poema pero las juzgo necesarias en virtud del objetivo de este blog, que no es sólo compartir poemas y ya. Pretendo, con la vanidad de toda pretensión, que se entienda (hasta donde es posible entender en materia tan ardua, lo sé) cómo funciona la magia de la poesía. O que se atisbe algo al menos. Porque si uno lee desprevenidamente este poema puede pensar que no tiene nada de especial, que es una simpleza o que frente a otros poemas de Alberti incluso es menor. Sin embargo, yo creo que es central. Y es tan magnífica su factura que prescinde, prácticamente, de toda floritura, metáfora o adorno. Deja la voz de ese Alberti niño desnuda, completamente desnuda y real. 
Es necesario poner en contexto: Rafael Alberti nació en una ciudad portuaria, el puerto de Santa María, en Cádiz. Nada menos que Cádiz. El mar siempre estuvo allí pero, desde luego, la vida y las necesidades hicieron que la familia Alberti tuviera que abandonar el paraíso e ingresar en el infierno de la ciudad. Marinero en tierra es el primer poemario de Alberti y ya desde el título nos está anunciando cuál es su tragedia: es un marinero sin mar (¿habrá desgracia mayor?), es un marinero que debe vagar lejos del mar amado por necesidad, por trabajo, por lo que sea, pero lejos y pisando siempre tierra firme. 
Y no ha sido su deseo alejarse, como bien muestra este poema. Él era un marinerito que «iza al aire este lamento" (todo el poemario es un lamento) y por eso le pregunta al padre, a quien tomó la horrible decisión, por qué lo ha alejado del mar. Pero lo pregunta como preguntan los niños: frontalmente, sin vueltas ni retoricismos, como lo denuncia ese «acá» final que se clava en lo más hondo del alma y el corazón de quien escribe y de quien lee, cifra de toda la desolación humana que puede caber tras el destierro. Porque no hay nada más horrible que el destierro, como bien sabían los griegos, que, como siempre digo, ya inventaron todo. Nada es más cruel que ser separado de la tierra que uno ama y en la que nació, en este caso del mar y su embrujo, del mar y su infinita fascinación. 
¿Cómo no desgarrarse ante ese «acá» entonces?

P. D: Como bonus track, un parrafito de las tantas maravillas que leí anoche en Verne: «Entre los diversos arbustos, grandes como los árboles de zonas templadas, y bajo su sombra húmeda, se amontonaban verdaderos matorrales de flores vivas, setos de zoofitas, sobre los que se abrían meandrinas cebradas de tortuosos listados; carófilas amarillentas con tentáculos diáfanos, grandes masas de zontairos y, para completar la ilusión, los pescados-moscas volaban de rama en rama, como un enjambre de colibríes, mientras que amarillos lepisacantos, de mandíbula erizada y punzantes escamas, los dactilócteros y monocentros, se alzaban a nuestro paso, semejantes a una bandada de becadas...»

23 de abril de 2021

Escucho con mis ojos a los muertos

Día del Libro. Ya dije en otro lugar que no soy muy adepta al «día de...» pero en algunas ocasiones estos supuestos días de resultan una excelente excusa para hablar sobre algunas cuestiones. Ya he hablado también de mi bibliomanía (en el posteo ya citado y en otros). Ya he hablado, incluso, de mi primer libro, en el sentido de mi primer libro leído y degustado con fascinación inagotable. Ya he, incluso, como verán si se dirigen al primer posteo citado, puesto este mismo poema en circulación, pero qué importa. Es otro de mis padres nutricios y su poesía debería leerse en todo tiempo y lugar, sin tasa alguna. No obstante, antes de compartirlo me gustaría agregar que así como no concibo la vida sin música (lo cual constituiría un error, como ya dijo —o dicen que dijo— Nietzsche), tampoco la concibo sin libros, esa extensión de nuestro «celebro», como dijera Borges (y Cervantes). Es por eso que incluso al día de hoy la tecnología del libro es insuperable y no hay lugar para las diatribas acerca de su pregonada desaparición que todavía nos encendían hace algunos años. Que se publica una cantidad infernal de bazofia es indiscutible. Que probablemente el 70 u 80 % de lo que se publica no debería publicarse, por numerosas razones, también. Que hay pillos, pillastres y toda clase de bandidos en el mundo editorial, también. Pero que así y todo los libros siguen siendo el mejor refugio cuando la realidad nos obsede (y cuando no también) y que no hay vehículo mejor ni más adaptable para el saber es indudable. 
Y ahora vayamos al poema que ya compartí hace 11 años y que vuelvo a compartir, pero esta vez con un poco de análisis, si gustan acompañarme: 

DESDE LA TORRE

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas, que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadoras,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la emprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.

Parnaso español, 1648.

Estamos frente a un poema conceptista. Barroco y conceptista, para más datos, aunque no de los más intrincados y opacos, dado que es un poema celebratorio, suerte de ofrenda. Es, además, un soneto, la forma poética preferida del Barroco, si bien no la única. Los conceptistas, entre quienes Quevedo es uno de sus máximos exponentes, sino el máximo, procuraban decir mucho con muy poco y apelaban, ante todo, a la ingeniosidad en los conceptos y en sus vinculaciones. Prueba de ello son los versos sinestésicos de las primeras dos estrofas, en los que constantemente unos sentidos se trocan con otros y así el poeta nos dice que «escucha con los ojos» (es decir, lee) a los muertos o bien que «vive en conversación» (otra forma de apelar a la lectura) también con los que ya se han ido (pero cuyas obras quedan sólidamente guardadas en esos artefactos llamados «libros»). Como siempre en el Barroco, además, aparece la obligada referencia a la fugacidad del tiempo y de la vida («en fuga irrevocable huye la hora»), pero como bien sabemos ningún tiempo es perdido ni huye a sitio alguno si lo pasamos con un libro. Ese señor Joseph allí mencionado era, como se supo luego con el correr de las centurias, algo así como el editor de Quevedo y es a quien el poema le está dedicado, ya que el poeta se hallaba recluido en la Torre de Juan Abad, de allí entonces su título. Este poema me encanta y representa tanto porque siempre sentí que era eso lo que ocurría al leer: uno se retira de este mundo y todas sus maquinaciones para ir a conversar con los que ya no están o los que fueron ciertos muchísimo antes que nosotros y su conversación siempre es fecundante, plena, fabulosa. Los libros nunca defraudan, acompañan, protegen, alumbran, iluminan, dulcifican, enseñan y por si todo esto fuera poco nos dan nuestras verdaderas alas. 

19 de abril de 2021

Como los hijos de la mar

Hay poetas que se nos quedan incrustados para siempre. No sólo por sus poemas o su particular manera de decir sino también por sus vidas y hasta por sus figuras. Ese es el caso, para mí, del poeta que les traigo hoy. Descuento que no es un desconocido para nadie, pero como el público se renueva y no confío demasiado en que a las jóvenes generaciones se les sigan enseñando los clásicos (porque él ya es un clásico del siglo XX sin dudas), mejor presentarlo como es debido. 
Señoras y señores, con ustedes, Antonio Machado. No escucho bien esos aplausos, a ver, más fuerte. 
Ahora sí. Machado, junto con Juan Ramón Jiménez, su hermano Manuel Machado y otros poetas e intelectuales españoles conformaron la llamada generación del 98, anterior, desde luego, a la ya mentada en este blog del 27. Ambas generaciones resultan indisolubles, en verdad, porque ambas se verán envueltas en la tragedia de la guerra civil española y deberán tomar partido por uno u otro bando, pero a la sazón es bueno establecer algunas diferencias entre ellas. Si la generación del 27 significó una ruptura y se ubicó a la vanguardia (especialmente con García Lorca), la generación del 98 viene a representar cierto clasicismo, bajo el notorio influjo del modernismo. Ya hablaré de modernismo, el primer movimiento literario puramente latinoamericano que influyó sobre España y no al revés, como solía ocurrir hasta entonces. El modernismo, cuyo padre seminal y celestial es Rubén Darío, el responsable, en mi opinión, de que la poesía en lengua castellana diera el salto definitivo hacia su independencia y esplendor, por decirlo de algún modo. Pero lo que realmente distingue a la generación del 98 es la profunda crisis espiritual por la que pasaba España precisamente en 1898 con la pérdida de sus posesiones en Cuba y el fin del imperio. Todo un mundo se había desmoronado y, por si fuera poco, un alemán loco andaba por ahí chillando que Dios había muerto. El impacto que esto y otras circunstancias (como la pronosticada «fin del mundo») tuvo sobre los hombres de esa generación es, en ocasiones, todavía inenarrable. A caballo entre dos épocas (que no terminaban de morir ni de nacer, un poco como nos toca a nosotros ahora), aquellos hombres hicieron lo que pudieron con ese escándalo trágico material y espiritual que les tocó vivir. 


Machado apeló a la sencillez, al tono bajo, a la confidencia, a todo lo que se alejara de la rimbombancia y el esperpento, a diferencia de su contemporáneo Ramón del Valle-Inclán, por ejemplo. Por eso su poesía permanece, perdura y no tiene rival, porque no necesita de artilugios ni de estrépitos para fulgurar. El poema que aquí traigo, uno de mis favoritos, bien podría ser tomado, además, como un arte poética digno de imitar.

RETRATO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; me debéis cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Campos de Castilla, 1917.

9 de abril de 2021

Poesía pura (en prosa)

Postearé un material que ya he posteado en otro blog (aquí), sencillamente porque los recuerdos de Facebook me llevaron a él y decidí que era una buena idea difundirlo también aquí, dado que es de lo más poético (y terrible, en el sentido que los griegos daban a la palabra deinós) que he leído en mi vida. 
Los pongo en contexto: Francisco Umbral es uno de mis escritores españoles favoritos, sino el más favorito de ellos (y son muchos los escritores españoles que admiro, primero por haberlos frecuentado desde muy chica y luego ayudada por mi paso por Letras, de donde me llevé, para siempre, a Juan Goytisolo, por poner un ejemplo). A Umbral lo descubrí por mero azar en una mesa de saldos de una librería de la calle Corrientes (cuando la calle Corrientes era el epítome de la bohemia porteña y no el adefesio que es ahora, sin contar el agravante pandémico). No tenía ni la más pálida idea de quién era, pero dos cosas llamaron mi atención: primero su apellido (desde luego, falso, como me enteré muchos años después) y luego el título del libro con el que me topé entonces (su novela El Giocondo). 
A partir de ese momento (año 1995, calculo) me fui topando, siempre gracias al bendito azar, con muchos de sus libros. Parecía que siempre me estaban esperando porque uno tras otro iban apareciendo y yo los iba comprando, leyendo y atesorando con fervor. Mis paraísos artificiales es uno de mis favoritos, pues combina poesía y prosa de un modo que sólo Umbral podía lograrlo y lo cité bastante en el CdP original. Con el tiempo me enteré de que en España, además, era una suerte de celebridad literaria, que sus columnas/aguafuertes madrileñas eran muy leídas y comentadas y hasta fantaseé (una es así) con ir a España y conocerlo. Berretines, desde luego, porque además me resultó siempre facherísimo. 
Pero había un libro que nunca aparecía ni en las mesas de saldos ni en estante alguno así que un día, contraviniendo todas mis prácticas bibliómanas, condescendí a pedirlo, ya que tenía/tengo familiares viviendo en España y así llegó a mis manos esta dolorosa gema, titulada Mortal y rosa. No es un libro de fácil lectura, en ningún sentido. La temática es descoyuntante de entrada: relata la muerte de su hijo de apenas cinco años. No es ficción, es literatura del duelo, ahora que lo pienso, y del más alto vuelo lírico. La forma también desconcierta bastante: no es ni una novela ni un diario íntimo ni un poema en prosa y a la vez es todo eso junto y más. Es el largo llanto de un padre desolado, es la infinita despedida ante lo imposible de despedir, es el requiebro de un escritor intentando hacer lo único que sabe hacer (escribir), es un mazazo de poesía y dolor ineluctable. No sé si podría releerlo. Todos sus otros libros los he releído muchas veces, con el mismo entusiasmo y fervor de la primera vez pero ese... no sé, no creo que pueda tolerarlo, quizás algún lejano día. 


Así que hoy, en este día tan melancólico y propicio para lecturas de esas que nos dejan boqueando, vayan estos fragmentos que, para mí, son poesía pura (en prosa). Porque si alguien les dijo que la poesía sólo se puede escribir en verso les metió precisamente un ídem. No se dejen engañar, por favor. Y dejen que Umbral los envuelva con su escritura helicoidal: a pesar del desgarro lo disfrutarán. 

La carne no se deja literaturizar. A veces, si la cogemos distraída, es transparente y permite ver el hueso y la nada. Pero si hacemos esto con premeditación y miramos de reojo nuestra carne o la de otro hombre o mujer, se cierran filas, se armoniza la figura, se espesan los colores. La vida es opaca para la muerte. Gracias a eso vivimos.

La mujer quiere un poco de selva. La desnudez es la selva que llevamos aún en nosotros. La carne es el último paraíso perdido e imposible. Tiene que haber naturaleza en el cuerpo, boscosidad, porque el sexo es, ante todo, una recuperación de los orígenes, y esos cuerpos desnaturalizados por un exceso de cuidado y artificio han borrado de sí la selva. Ya no son nada.

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, formando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto. Nunca llevamos a un niño de la mano. Siempre nos lleva él a nosotros, nos trae.

Los ojos pastan en el libro y a veces, al cerrar el libro, los ojos se quedan dentro, como hojas frescas, y ando ciego por la vida, sin ojos, sin ver el mundo, porque los ojos siguen mirando lo que han leído, se han enterrado en letra impresa.

Niño mío, hijo, fruta fugaz, manzana en el mar, siempre lo he dicho, milagro instantáneo, doblemente imposible, estoy aquí, en el desorden de tu ausencia, entre los colores, animales, objetos, hierros, ruedas y seres de tu mundo, tan muertos sin ti, juguetes de un sol solo que apenas los roza, y me mira tu ausencia desde todas las paredes, encarnas en fotografías cuando halago el tacto de la nada. No estás.

Antes, cuando era un escritor joven y responsable, quería describir minuciosamente las situaciones, los lugares. Luego comprende uno que basta con dar un olor o un color. Al lector le basta. Al lector le sirve esto mucho más. Dice Baroja de una calle que era larga y olía a pan. Ya está. Un largo olor a pan. Para qué más.

Y escribo, cada mañana, me siento a la máquina, dejo que fluidos oscuros, luminosidades de la noche asciendan a mí, y todo el torrente del idioma pasa a través de algo, de alguien, porque escribir es una cosa pasiva, receptiva, contra lo que se cree, así como leer es algo activo, creativo, voluntarista.

Quizá la literatura sea eso. Desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído. Por eso no hay que hacer demasiado evidente el esfuerzo del pensamiento al escribir. Para no entorpecer la resurrección de la carne que glorifica al autor cuando es leído.

Hay un hombre que ha querido hacerse su verdad y comunicárnosla. Hay un hombre que necesita afirmarse modificando el mundo, que necesita explicarse el mundo para explicarse a sí mismo. Hay un hombre que vive y muere en su libro, naufraga en el propio mar que él ha creado.

Gracias a la literatura he podido mantenerme al margen de los mercados del hombre, e incluso cuando más de cerca parece que toco el mundo con mi prosa, estoy salvado y lejano en el mero arte de escribir, en el mundo cerrado que es la literatura.

Abril, espuma verde bajo los pies breves de mi hijo, cadera femenina del mundo, costado pálido, idioma salvaje de la lluvia, lenguaje de todas las primaveras, caligrafía torrencial que deja dicho en el aire el secreto simple del universo.

Aquí, tu madre y yo, hijo, entre biombos, entre cocinas apagadas, entre anuncios, letra menuda y medicinas, qué solos, qué sin juntura, y el universo, hijo, el universo, que organizaba sus mayúsculas en torno de ti, y ahora es como el resto disperso de un naufragio.

Tu muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de luz en la luz. Y nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos, diciéndote.

Toda la locuacidad del mundo me habla en tu silencio. Todo el silencio del mundo habla eternamente en tu adorable locuacidad.
Mortal y rosa, 1975.

4 de abril de 2021

Dulce corazón mío de súbito asaltado

[CdP] También hay lugar aquí (¡y cómo no iba a haberlo!) para la sensualidad, el erotismo, el apasionado y delicado placer de, por ejemplo, querer ser...

CALVIN KLEIN UNDERDRAWERS

Fuera yo como nevada arena 
alrededor de un lirio, hoja de acanto, de tu vientre horma, 
o flor de algodonero que su nube ocultara 
el más severo mármol travertino. 
Suave estuche de tela, moldura de caricias 
fuera yo, y en tu joven turgencia 
me tensara. 
Fuera yo tu cintura, 
fuera el abismo oscuro de tus ingles, 
redondos capiteles para tus muslos fuera, 
fuera yo, Calvin Klein. 

Ellas tienen la palabra, 1997.



Acoto ahora que aquí no sólo habrá lugar para la sensualidad y el erotismo volcados en poesía sino que, en tiempos en los que todo parece indicar que está mal visto ser (relativamente) «normal» y principalmente «heterosexual», en este espacio yo reivindico la poesía celebratoria de los cuerpos, del amor, de los amantes y del más profundo erotismo. Reivindico, celebro y practico, hasta donde me es posible, la poesía que le canta a la cópula humana, que la exalta y engrandece, que la lleva a pináculos de asombro y deliquio, que no se priva de cantarle alabanzas a la excelsa coyunda, que pone ayes y aleluyas cuando un hombre y una mujer, plenos, ahítos de deseo uno por el otro, osan al fin fundirse en uno. Reivindico, celebro y ejecuto esa clase de poesía, como lo hice en mi Pequeño manual de anatomía masculina, bajo el influjo, claro que sí, de la española Anna Rossetti, entre otras muchas poetas que no temieron cantarle loas al hombre en momentos en que, parece, lo único permitido es la misandria más horripilante. Por eso aprovecho para sumar otro de sus maravillosos poemas y los invito a recorrer su obra. 

CHICO WRANGLER

Dulce corazón mío de súbito asaltado. 
Todo por adorar más de lo permisible. 
Todo porque un cigarro se asienta en una boca 
y en sus jugosas sedas se humedece. 
Porque una camiseta, incitante señala, 
de su pecho, el escudo durísimo, 
y un vigoroso brazo de la mínima manga sobresale. 
Todo porque unas piernas, unas perfectas piernas, 
dentro del más ceñido pantalón, frente a mi se separan. 
Se separan. 

Anna Rossetti
Indicios vehementes, 1985.

24 de marzo de 2021

¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba...?

No sé si fue el azar, el destino o la mera casualidad pero los poetas de la generación del 27 llegaron muy pronto a mi vida. Prácticamente los descubrí al mismo tiempo que a mis padres nutricios (Baudelaire, Pizarnik, Girondo, Storni, Juarroz, en rápida sucesión). No hay uno de ellos que me deje indiferente o cuyos versos no lleguen hasta esas profundidades a las que pocos poetas llegan. Quizás porque todo el movimiento en sí mismo significó el gran salto de la poesía en castellano (el gran salto anterior había sido el modernismo), el aquilatamiento de una percepción vital que ya se sabía amenazada (no faltaba demasiado para la guerra civil española), la delicada afinación de un instrumento (el idioma castellano) que da frutos esplendorosos cuando es bien pulsado. Y entre todos los poetas de la generación del 27 para mí siempre sobresale él, Salinas. Nadie como él le escribió al amor y a todas sus venturas, sus fulguraciones, sus opacidades, su inefable centralidad en la vida de cualquier ser humano, por más que los Señores del Mundo se obstinen en lo contrario. Justo hoy me topé en Facebook, gracias a Martín Errecalde, con este bellísimo poema (en puridad, los versos 54 a 90 de ese precioso libro precisamente titulado Razón de amor), justo cuando lo que estoy escribiendo denodadamente cada día (el mostrenco mamotreto inclasificable que mencioné ayer) es, de alguna manera, una ardiente despedida, la despedida de aquello que nunca se va y que nunca dejaré que se vaya, claro.

¿Serás, amor
un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo;
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primera condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos,
días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.

Razón de amor

30 de diciembre de 2010

Poesía: diálogo entre conciencias

Aún en medio de la mayor aflicción, la poesía –siempre la poesía– y los poetas saben exactamente qué decirme, qué decirnos: 

La poesía representa para mí la soledad del ser humano que reivindica la conciencia individual en un tiempo dispuesto a liquidar las conciencias individuales. La poesía representa para mí la voluntad del ser humano que no quiere una soledad confundida con el aislamiento, el egoísmo, la agresividad, y por eso busca espacios públicos, los poemas, para establecer un diálogo entre conciencias. La poesía representa para mí el autodominio de un ser humano que cansado de vivir con prisas, con dogmas –que son la prisa de las ideas–, con ofertas de consumo rápido, pide el tiempo necesario para hacerse dueño de sus propias ideas, para matizar, para ponerse al otro lado de las afirmaciones o las negaciones tajantes, para decidir sobre lo que es importante y lo que es prescindible. El poeta que dedica toda una tarde a buscar una palabra representa para mí al ser humano dispuesto a entender las riquezas minuciosas e incontables de la realidad, a responsabilizarse de las propias opiniones y a encontrar un modo honrado para conversar con los demás.

Cincuentena, 2010. 

25 de julio de 2010

Reflexiones desde la generación del 27

Los fragmentos y reflexiones que copiaré a continuación no aparecen en el Cuaderno de Poesía original, ya que conseguí este libro hace unos cuatro años. Lo leí días atrás y me pareció que había cosas que no podía dejar de compartir, como las que siguen: 

Para escribir, leer; y para escribir poesía, leer buena prosa.

La poesía es una sucesión de preguntas que el poeta va haciendo. Cada poema, cada libro es una demanda, una solicitación, una interrogación, y la respuesta es tácita, pero también sucesiva, y se la da el lector con su lectura, a través del tiempo. Hermoso diálogo en que el poeta interroga y el lector calladamente da su plena respuesta.

El poeta está lleno de 'sabiduría', pero no puede envanecerse, porque quizá no es suya; una fuerza incognoscible, un espíritu habla por su boca: el de su raza, el de su peculiar tradición.

(...) yo, no soy yo solo. Mi fe en la poesía es mi fe en la identificación con algo que desborda mis límites aparienciales, destruyéndome y aniquilándome en el más hermoso acto de amor, y cuando yo canto, hablo de mí, pero hablo del mundo, de lo que él me dicta, porque esto es la inspiración: hervor en el reducido recinto del corazón, de fuerzas innumerables, concentradas finalmente como una sola espada atravesando de dentro a fuera el pecho del inspirado.

El poeta es el único que realiza con su poesía esa antevisión, esa comunión con un mundo total. Por eso la poesía y el amor tienen una misma fuente. Y por eso el poeta vence a la muerte, porque en vida descorre las cortinas de nuestro supremo aniquilamiento.

Para mí, y creo que de algún modo para todo poeta, [la creación literaria] es la expresión de la experiencia. La experiencia es una forma del saber, y esta forma del saber sólo se comunica por el arte, no por la ciencia. Es un modo de conocimiento. La creación literaria es restablecedora porque por ella las experiencias penosas adquieren luz y el dolor es creador e iluminativo.

La poesía es una larga pregunta que se prolonga y concreta en cada poema que el poeta compone, en cada libro que el creador origina. No se dirige al mundo, sino al oído del mundo, lo que no es lo mismo. Ese oído es el hombre, que nace de la materia que se levanta, incorporándola y que al sucederse se hace historia. La poesía busca con desesperación una imposible respuesta porque el oído escucha pero no tiene palabras. La poesía es la esperanza inabatible, porque la vida es una contestación perecedera pero inmortal.

No te temas. Ni los temas. Para cumplir tu verdadero destino, para vivir, para crear tus hijos de belleza inteligente, ama como si el minuto fuese el siglo, como si unos labios que besan fuesen la boca de la vida.

Prosas recobradas, 1987.