El albatros, 1

Lo que sigue inauguraba mi Cuaderno de poesía y dice así: 

No podía empezar de otra manera. Después, puede venir todo en cualquier orden pero el primero, inexpugnablemente, debe ser él. Porque yo no entendía nada de nada aún y había leído muy poca poesía, pero ya sabía que lo tenía que leer a él. Una tarde de verano, en una librería de Quilmes, en lo alto de un estante estaba esta edición y mi mano se alzó veloz, lo tomó y nunca más lo soltó. Creo que nunca he prestado este libro, yo que presto libros casi sin discusión. Pero éste no. Y creo que no lo hacía porque en él está mi más puro yo. Todos (sí, todos, acabo de comprobarlo) sus poemas están marcados, subrayados, tildados, llenos de rayas de grafito más gruesas o más finas que indican distintos lápices, distintos años, distintas procedencias pero una misma pasión, locura y devoción. Copiaré ahora un poema-emblema pero volveré a copiar muchos otros poemas, porque no creo que ni antes ni después se haya escrito un libro de poemas mejor que éste y ojalá quede aquí demostrado. La traducción no es buena, pero es bastante fiel por lo que pude ir averiguando con los años. Alguna vez hablaré del profesor Cowes, de mi final de Teoría Literaria I y de su insistencia en que leyéramos a este insigne poeta. También del horror que sentí en la clase de Literatura Francesa al comprobar que ese no era el autor que yo había leído en mi más tierna edad. Sea. 

EL ALBATROS

Por divertirse, a veces, suelen los marineros
cazar albatros, grandes pájaros de los mares,
que siguen, de su viaje lánguidos compañeros, 
al barco en los acerbos abismos de los mares. 

Pero sobre las tablas apenas los arrojan,
esos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
sus grandes alas blancas míseramente aflojan,
y las dejan cual remos caer a sus costados.

¡Qué burdo es y qué débil ese viajero alado!
Él, antes tan hermoso, ¡qué cómico en el suelo!
¡Con una pipa uno el pico le ha quemado,
remeda otro, renqueando, del inválido el vuelo!

El Poeta es como ese príncipe del nublado
que puede huir de las flechas y el rayo frecuentar;
en el suelo, entre ataques y mofas desterrado,
sus alas de gigante le impiden caminar.

Charles Baudelaire
Las flores del mal.

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